La presentación del evangelio

Dr. D. Martyn Lloyd-Jones

He aquí un tema que resulta siempre importante, dado que la actitud que tomemos en relación con el Evangelio tiene consecuencias eternas. Existen dos razones que convierten a nuestro tema en una cuestión doblemente importante. En primer lugar, el fracaso de muchas iglesias en presentar el Evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo de la manera en que debiera ser presentado, ha traído una apostasía general, con el resultado de que la impiedad y el más descarado materialismo caracterizan más y más a nuestra época. Es tema de urgencia también debido a la naturaleza de los tiempos en que vivimos. La vida es siempre incierta, pero hoy es excepcionalmente insegura. Nosotros, los cristianos, debiéramos pesar siempre nuestras palabras y tener sumo cuidado de como presentamos el Evangelio; pero, ciertamente, todo ello se nos hace más apremiante y nos queda grabado de manera más definitiva – y mucho más que en otros tiempos- cuando nos relacionamos con hombres y mujeres que “se hallan sin esperanza y sin Dios en este mundo” (Efesios 2:12).

          Me atrevo, pues, a afirmar que nuestro tema es la cuestión más importante que podamos considerar. Y a medida que reflexionamos en ella nos damos cuenta de que modo tan extraordinario Dios nos ha confiado esta tarea sumamente importante de presentar el Evangelio. ¡Qué privilegio maravilloso, qué honor sorprendente, que el Señor Dios Todopoderoso nos haya confiado a los humanos este trabajo de propagar y predicar el Evangelio! Es un privilegio maravilloso, pero, al mismo tiempo, es una terrible responsabilidad; una responsabilidad que nos incumbe a todos y que hace que nuestra labor sea la más seria y delicada del mundo.

          Se trata de un tema muy vasto. En esta presentación me limitaré a señalar solamente los principios fundamentales. Buscaré de ser lo más práctico posible. Enfatizaré dos cosas: primero, los principios positivos que gobiernan la tarea evangelística; y segundo, algunos de los peligros que siempre nos acechan. Aunque abordamos la cuestión en términos generales, debemos decir que vamos a tratar el tema teniendo en cuenta también el trabajo entre los jóvenes. Esta es una aclaración muy importante.  En los últimos veinte años ha existido una tendencia bien marcada a dividir la fe cristiana por edades.  Jamás he sentido gran entusiasmo por estas divisiones entre ancianos, adultos de mediana edad, jóvenes, niños, etc. Porque no existe tal cosa como un Evangelio especial para niños, o para jóvenes, y otro para adultos o ancianos.  Hay un solo Evangelio, y debemos tener siempre cuidado de no querer aguar este Evangelio al adaptarlo a las diferentes edades. Es una distinción peligrosa ésta de las edades. Porque, desde luego, admitimos, al mismo tiempo, que hay una diferencia en la aplicación de este único Evangelio a las distintas edades. Pero es una diferencia que atañe solamente al método y al procedimiento.

La naturaleza del Evangelio

Si se me pidiera hablar de este tema en ciertos círculos, lo primero que haría es intentar definir la naturaleza misma del Evangelio; y comenzaría preguntando: ¿Qué es el Evangelio? La gente anda muy errada en ciertos sectores; muchos han caído en herejías; predican un Evangelio que, a mi entender no es el Evangelio del NT. A estos hay que definirles el contenido exacto del Evangelio bíblico. Pero es innecesario hacerlo aquí. Doy por supuesto que todos estamos de acuerdo acerca de los grandes principios fundamentales, los principios sobre los que se asienta la fe cristiana. Lo que nos concierne es la presentación del Evangelio a las personas con las cuales entramos en contacto. Pero, quizá alguien pregunte: “¿Vale la pena perder el tiempo en considerar la presentación del Evangelio? ¿No es algo que podemos dar por sentado? Los que creen el Evangelio, ¿cómo no lo van a presentar de manera adecuada? Si un individuo es ortodoxo en sus conceptos bíblicos, si cree lo que debe creer, la manera cómo él declarará lo que cree es algo que vendrá por sí solo”. Yo pienso, no obstante, que razonar de ese modo es un grave error; y cualquiera que pretende avanzar estos “argumentos” ignora no solamente su propia debilidad, sino más aún: que el adversario de nuestras almas se halla siempre al acecho para infiltrar y frustrar la obra de Dios.

          No podemos dar por sentado que quienquiera cree las doctrinas correctas es, por necesidad, una persona que podrá exponer la verdad de manera adecuada. Basta con pensar en dos cosas. Existen en este tiempo muchos evangélicos muy sanos en doctrina, muy puros en su ortodoxia, y que, sin embargo, nunca ven fruto como resultado de su proclamación cristiana.  Jamás consiguen un resultado visible; no saben de ningún convertido como resultado de su obra y ministerio. Su ortodoxia es impecable, pero su ministerio es completamente infructífero, no conduce a ninguna parte

          Tenemos, por otro lado, a los que parecen obtener resultados fenomenales de su labor y esfuerzos. Organizan una campaña, o predican un sermón, y, como consecuencia, hay innumerables “decisiones por Cristo”, o lo que ellos también llaman “conversiones”. Pero muchos de estos resultados no permanecen; se esfuman en cuestión de días. Se trata de fenómenos pasajeros, cuya naturaleza es superficial y temporal.

          Me parece que la única explicación posible de ambos casos radica en que, en el mejor de los casos, existe una laguna entre lo que se cree y lo que realmente se presenta en la enseñanza o en la predicación. El peligro en relación con el primer ejemplo estriba en hablar, simplemente hablar, acerca del Evangelio. Este hombre, o aquella mujer, cree en la verdad del Evangelio, la alaba y dice cosas maravillosas sobre el Evangelio. Pero, se pasa el tiempo hablando del Evangelio, en lugar de presentar el Evangelio a sus oyentes. Y, ¿cuál es el resultado? Aunque el orador, o el predicador, sea muy ortodoxo en su fe, tal ministerio no consigue ningún resultado. El peligro en relación con el segundo tipo de testimonio consiste en estar tan interesado, tan obsesivamente interesado, en la aplicación del Evangelio, en obtener resultados, que se tolera la formación de un abismo entre lo que se presenta (y lo que se cree) y la obtención real de los mismos resultados. No es suficiente con creer la verdad, también debemos ser muy cuidadosos en la aplicación de aquello que creemos ser la verdad.

Métodos de estudio

Hay dos maneras de estudiar esta cuestión de la presentación del Evangelio. La primera es el estudio de la misma Biblia, en relación especial al Libro de los Hechos y a las cartas del Nuevo Testamento. Es lo primero que debemos considerar si deseamos saber cómo ha de ser llevada a cabo la tarea evangelística de la iglesia.  Hemos de volver a los métodos primitivos, a la norma apostólica. En los Hechos y en las epístolas del Nuevo Testamento se nos dice de una vez por todas, lo que es la Iglesia cristiana, y como debe llevar adelante la misión que se le ha encomendado. Debemos asegurarnos de que nuestros métodos se adhieren a la enseñanza del Nuevo Testamento.

          El segundo método -suplementario- es el estudio de la Historia de la Iglesia Cristiana, posterior a los tiempos del NT. Podemos concentrarnos, especialmente, en la historia de los avivamientos y las grandes reformas espirituales. También podemos leer las biografías de hombres grandemente honrados por Dios en el pasado como predicadores del Evangelio. Pero, hemos de ser anchos y tener perspectivas amplias. Es conveniente remontarse más allá del último siglo. Hay evangélicos que parecen ser de la opinión que hasta 1870 no hubo verdadera obra de evangelismo en los países de habla inglesa, por ejemplo.  Piensan que no se dio ministerio evangelístico en Gran Bretaña hasta la llegada de Moody. Mientras damos gracias a Dios por la obra gloriosa de los últimos setenta u ochenta años, les ruego que hagan un estudio serio de la Historia de la iglesia. Vayamos, por ejemplo, al siglo XVIII. Más atrás aún, a la época de los puritanos y todavía más allá, hasta llegar a la Reforma protestante. Aún pueden ir más lejos y estudiar la historia de los grupos evangélicos que florecieron en aquellos siglos en que el Romanismo tenía la supremacía.  Y remóntense hasta los Padres, sobre todo los más primitivos, que sostenían ideas evangélicas. Se trata de una historia que puede trazarse sin fisuras hasta la iglesia primitiva.  Este estudio es vital, a menos que queramos evitar un falso concepto de la historia; resultando también muy aleccionador para quienes creen que la obra evangelizadora sólo puede hacerse de una manera determinada y mediante la aplicación y el uso exacto de ciertos métodos.

          Les recomendaría un estudio profundo de aquel gran teólogo americano, Jonathan Edwards.  Fue una gran revelación para mí el descubrir que un hombre que predicaba de la manera que él lo hacía pudiera ser honrado por Dios como lo fue y cosechara tan grandes resultados en su ministerio. Jonathan fue un gran erudito y un gran filósofo que escribía, palabra por palabra, cada uno de sus sermones. Era muy corto de vista, y solía permanecer de pie junto al púlpito con su manuscrito en una mano y una vela en la otra. Pues bien, a medida que iba leyendo sus sermones las personas no solamente eran convertidas, sino que algunos caían literalmente al suelo, agobiados por la convicción de pecado y el poder manifiesto del Espíritu Santo. Cuando pensamos en la tarea evangelística a la manera del evangelismo popular de los últimos setenta años, podemos sentirnos tentados a opinar que una persona que predicara así no podría tener conversiones. Sin embargo, Edwards fue el instrumento de Dios usado por la Providencia en el “Gran Avivamiento” que se produjo en Norteamérica en el siglo XVIII.  Les ruego, pues, que sean honestos en vuestro estudio de la Historia de la Iglesia y de las grandes obras que Dios ha hecho en varias épocas y distintos momentos. Estas son las dos líneas principales que hay que recorrer para entender algo del tema que nos ocupa: el estudio de la Biblia, y el estudio de la Historia de la Iglesia Cristiana.

Principios básicos

Se perfilan claramente los siguientes principios básicos como gobernando y orientando toda nuestra temática:

  1. El objetivo supremo de esta labor es glorificar a Dios. Esto es lo central. Es el motivo principal que debe controlar y guiar a todo otro objetivo menor. La primera finalidad al predicar el Evangelio no es salvar almas; es glorificar a Dios. Nada más, por bueno que pudiera ser, debe usurpar el primer lugar.
  2. El único poder que puede hacer realmente esta tarea es el Espíritu Santo. Por más dones naturales que poseamos, por más cosas que podamos hacer como consecuencia de nuestras propias habilidades naturales, la tarea de presentar el Evangelio y de conseguir el supremo objetivo que es glorificar a Dios en la salvación de personas, es una tarea que solamente puede ser llevada a cabo por el Espíritu Santo. Podemos comprobarlo en las páginas del mismo NT. Aparte del Espíritu, nos enseñó Jesús, no podemos hacer nada. Leemos en la Biblia acerca de hombres que probaron hacer grandes cosas en el poder de su fuerza, pero fracasaron en forma completa. En la posterior historia de la Iglesia cristiana, encontramos también a hombres que, en un momento dado, cesaron de ser los instrumentos del Espíritu Santo y su ministerio fue completamente estéril a partir de ese momento. No hubo cambio en sus poderes naturales, lo cual prueba, por consiguiente, que la obra es tal que sólo puede ser realizada por medio del Espíritu Santo.
  3. El único medio por el cual opera el Espíritu Santo es la Palabra de Dios. Esto es algo que puedo probar fácilmente. Tomemos, por ejemplo, el sermón que predicó Pedro en Jerusalén el día de Pentecostés. En realidad, lo que hizo fue exponer las Escrituras a los hebreos. No se levantó para ofrecer un relato de sus propias experiencias personales; no. Expuso las Escrituras; y este fue siempre su método. La exposición de las Escrituras también fue el método de Pablo. Cuando se las hubo con el carcelero de Filipos, Pablo le predicó al Señor Jesucristo y la palabra de Dios. Todos podemos recordar de sus palabras en la segunda carta a Timoteo, donde dice que es “la voluntad de Dios que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”. El medio usado por el Espíritu es la verdad.
  4. El cuarto principio, pues, es que el impulso para la evangelización debe proceder de la recta comprensión de estos principios y, por consiguiente, de un celo por el honor y la gloria de Dios, juntamente con un gran amor por las almas de los humanos.
  5. Existe un constante peligro de error y herejía incluso en medio de los más sinceros. También existe el peligro de un falso celo y el empleo de métodos no bíblicos. Nada hay en lo que seamos más exhortados en el NT que en la necesidad del constante autoexamen y un retorno constante a las Escrituras.

          Ahí están, entonces, los cinco principios básicos que nos enseñan claramente las Escrituras. Principios que son confirmados en forma abundante en la posterior historia de la iglesia. 

La aplicación de los principios

Esto nos lleva a la próxima división de nuestro tema, que consiste en la aplicación de estos principios a la tarea concreta de presentar el Evangelio. Este apartado se divide con toda naturalidad en dos secciones principales. En primer lugar, la tarea de la evangelización y luego la obra de la edificación de los nuevos creyentes y la instrucción en justicia.

La evangelización y sus peligros:

Al emprender el trabajo evangelístico es de importancia primordial que nos hagamos las siguientes preguntas: ¿Qué deseo conseguir? ¿Cuál es mi verdadero objetivo? Creo que existe una sola respuesta a estas preguntas vitales y debe ser ésta: Anhelo que las almas se reconcilien con Dios, porque, en el estado en que se encuentran por naturaleza, están deshonrando a Dios, y por cuanto deshonran a Dios, están bajo peligro de perdición eterna. Este es -debe ser- el propósito primordial de toda labor evangelística: traer seres humanos alienados de Dios por el pecado a la reconciliación con el Dador de la vida. No se trata solamente de lograr que las personas hagan una decisión; no se trata solamente de conseguir que comiencen a vivir de otra manera, no se trata de conseguir que se unan a una clase o a un partido religioso, o a una determinada congregación.  El primer objetivo, absoluto, al presentar el Evangelio debe ser buscar la reconciliación entre los hombres y Dios.

          Surgen, con todo, peligros muy graves en relación con la obra evangelizadora. En primer lugar, el peligro de exaltar la decisión como a tal, y este es un peligro de la obra entre los jóvenes… Supongo que todo sabemos bastante de sicología para darnos cuenta que los niños son mucho más impresionables que los ancianos.  En cierto sentido es verdad aquello de que se puede influir en los niños para hacerles obrar como uno quiere.  Conocen también el axioma de ciertos educadores católico romanos, que dicen: “Dadnos un niño hasta los siete años, y lo hemos hecho nuestro para toda la vida”.

          El peligro de exaltar la decisión por sí misma, se manifiesta de numerosas maneras.  A veces, en el uso de la música. Hay personas que hablan del canto y del uso de la música -especialmente de los coros- como de algo fundamental para realizar una campaña.  Confían en la música y en el canto de los coros para producir los efectos deseados, es decir: conseguir muchas decisiones. Otros, quizá, se inclinan por el relato de anécdotas y testimonios interesantes. Hay quienes tienen el don de contar algo de manera emotiva, real y dramática. Otros pareen confiar en el encanto personal del predicador. Por ejemplo, alguien me describió a un amigo suyo que estaba trabajando entre el ejército de esta manera: “Hace una gran labor. Es justamente el tipo de persona que se necesita allí, es tan inteligente y tan garboso”. De acuerdo, no niego que pueda ser de ayuda el tener un carácter dinámico; pero, no tiene nada que ver con las características que se exigen de un evangelista en la Biblia. Ninguno de quienes aparecen en el NT tiene esos rasgos. ¿Describiríamos, por ejemplo, a Pablo, como un tipo de hombre alegre y garboso?

          Permítanme una digresión. ¿Hemos observado que algunos de los siervos de Dios más usados por el Señor en la tarea evangelística fueron hombres extremadamente feos? Hay el peligro de que algún evangelista confíe en que el atractivo de su propia personalidad producirá resultados concretos. Hay, luego, los que desarrollan lo que yo suelo llamar “espíritu de estadio deportivo”. Parecen capaces de producir una atmósfera especial, comparable a la que se da en un campo de fútbol.  Su idea es que al estar todos juntos pueden desarrollar una atmósfera favorable. Se trata de algo que atrae mucho a los jóvenes. Algo que, en si mismo, no es malo; puede, inclusive, ser muy útil para la presentación de Evangelio a las masas. Solamente quiero hacer ver que, en ciertas ocasiones, existe el peligro de enfatizar tanto esta idea, de presionar para producir dicha “atmósfera”, que, finalmente, las decisiones son el fruto de este espíritu de masas, antes que el fruto que nace de la comprensión de la verdad de Dios.

          Pero el más serio de los peligros es de buscar producir decisiones, mediante la presión ejercida sobre la voluntad de los que escuchan.  Se da el peligro de que nuestra personalidad, y el poder de nuestra voluntad, y nuestra capacidad de dominar a los demás, sea usada de tal manera que fuerce de algún modo a quienes están escuchando para que respondan a nuestro llamado del modo que queremos.

          Estos son algunos de los peligros que siguen a la exaltación de la “decisión” como tal. Es el fruto que cosechan quienes están interesados primordialmente en las “decisiones”, en el “resultado visible”. He oído, en repetidas ocasiones, de un evangelista muy popular que posee un don especial para contar historietas; es casi un genio en esa especialidad. Describe tan bien cuanto quiere decir, que es dable imaginarse (casi viéndolo) el cuadro que desea presentarnos. Al contar sus relatos, se pone al auditorio en el bolsillo. Al término de la reunión, invita a las personas a dirigirse a una pequeña habitación llamada “la habitación de las decisiones”, por lo general los individuos responden en gran número. No sabe resistirse al encanto del narrador de historias. No obstante, los encargados de “la habitación de las decisiones” concuerdan en afirmar que al preguntar a estas masas que respondieron al predicador porque se levantaron, su respuesta es casi siempre idéntica: no saben exactamente por qué, pero “como el predicador nos dijo que nos levantáramos y viniéramos aquí…”, se excusan. No es la verdad que los ha convencido.  En ellos no hay convicción, ni de verdad ni de pecado.  Se hallan bajo el efecto de las historietas que han escuchado y de quien las describía.  Prendidos así, de esta “atmósfera sui generis”, dan la impresión de haber obrado como robots, de manera automática. La música puede producir los mismos efectos, cuando se abusa de ella. El canto de algunos himnos a veces puede intoxicar todo un auditorio. Tal es el poder de la música. En ciertas ocasiones ejerce un dominio tan fuerte sobre algunas personas que estas ya no saben lo que hacen; sus reacciones, son simplemente mecánicas y obedecen a cualquier orden o invitación que se les haga.

          El segundo peligro es que, las personas puedan llegar a una “decisión” por motivos falsos. A veces, los individuos se deciden por Cristo simplemente porque quieren tener la misma experiencia que tuvo otra persona. Una vez más, se trata de un peligro al que los niños y los jóvenes se hallan expuestos de manera particular.

          En otras palabras, estoy tratando de advertir en contra del peligro de basar un sermón evangelístico en los resultados de nuestra propia experiencia o la experiencia de otros.  Los que les escuchan, pueden sentir la tentación de ser como el predicador, de tener lo que él tiene, o de llegar a parecerse a alguien de quien se ha hablado desde el púlpito y de poseer lo que él posee. Y mientras pensamos que se están decidiendo por Cristo, en realidad lo único que tienen es envidia por lo que otro ha vivido. Puede muy bien ser el deseo de vivir esta “vida maravillosa” acerca de la cual se les ha enseñado.  Hoy se habla mucho de una vida cristiana inefable, llena de experiencias victoriosas en forma permanente. El Evangelio de Cristo nos ofrece una nueva vida maravillosa, y nosotros alabamos a Dios por ello. Pero la verdadera razón que debe impulsarnos a desear ser cristianos no ha de ser el llegar a experimentar un tipo de vida maravillosa, más bien, el de tener una relación correcta y adecuada con Dios.

          También, a veces, a Cristo se lo presenta como un Héroe. El instinto heroico es algo que permanece latente en todos nosotros, especialmente los niños.  Si sobreestimamos este aspecto del Evangelio, puede muy bien ser que los chicos, o inclusive la gente mayor, acudan a nuestra clase bíblica o a la iglesia, simplemente porque la manera de presentarles el mensaje cristiano apela a su instinto heroico.

          Entre la gente joven, otro peligro radica en que muchos piensan haber llegado a una decisión como resultado de lo que se llama el desafío que ofrece la vida cristiana. Consideran la posibilidad de vivir una gran aventura, algo grande a lo que deben aspirar.  Y, finalmente, la terrible falacia de presentar el Evangelio en términos de “Cristo te necesita”, dejando la impresión de que, si los chicos y jóvenes no se deciden por Cristo, se están comportando como seres desalmados. Esta distorsión conlleva un grave error teológico.

          Todo cuanto acabo de expresar no es fantasía; no son puntos artificiales que yo mismo haya elaborado. Los saco de mi propia experiencia pastoral, de mi contacto con personas que han sufrido los efectos de estos falsos métodos. Se da una cierta medida de verdad, y de utilidad, en algunas de las prácticas mencionadas, con todo, lo que yo quiero recalcar es que ninguna de estas cosas (por buenas que puedan ser en ellas mismas) deben tomar la primera y suprema posición. Porque ninguna de ellas encierra la justificación de la obra de evangelización. No intento decir que no debemos cantar y alabar en nuestras reuniones. Desde luego que debemos cantar; y cuanto mejor lo hagamos tanto mejor. Pero no confiemos demasiado en los cantos, estos deben ser la expresión de nuestra adoración. Más bien, usemos todas estas cosas, en tanto que sean legítimas, considerándolas como ayudas y nunca como lo que en realidad produce los resultados, o pueden llegar a motivarlos.

          “Bien -dirá alguien-, todo esto es negativo. ¿Cómo aconseja usted que se haga la labor evangelística?”

          Una vez más, mi respuesta es volver a los cinco principios que he señalado al comienzo. Los cuales pueden resumirse así: debemos presentar la verdad, y esto puede hacerse mediante una positiva exposición de la enseñanza de la Palabra de Dios. En primer lugar, y antes que nada, hemos de mostrar a los humanos su condición por naturaleza a los ojos de Dios. Hemos de conducirles hasta el punto en que vean (y debemos incluir a los niños en esto) que todos sin excepción -hagamos lo que hagamos, o digamos lo que digamos- todos hemos nacido en el reino de las tinieblas y somos “hijos de ira” (Efesios 2:3). “Hemos sido concebidos en pecado y en maldad hemos sido formados”.

          Este es el punto de comienzo. Pero, una vez establecida esta verdad, debemos proseguir hasta mostrar la enormidad del pecado. Esto no significa que vamos a enfatizar la fealdad de ciertos pecados. No hay nada más importante que mostrar la distinción entre el pecado y los pecados.  Demasiadas veces malgastamos nuestro tiempo llamando la atención sobre ciertos pecados específicos, cuando nuestro cometido principal es convencer de pecado a los oyentes, es decir: aquello mismo que nos destruye y que se manifiesta en la forma de ciertos pecados particulares. Debemos llamar a los pecadores a la confesión y al reconocimiento de sus pecados ante Dios y delante de los hombres. Hecho esto, debemos proseguir y presentar la gloriosa y maravillosa oferta de la salvación que, gratuitamente, se halla únicamente en Jesucristo y éste crucificado.  Debemos mostrar que solamente El puede quitar la culpa y el poder del pecado; que Jesús de Nazaret, el hijo de Dios, “llevo nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero”, y que es solamente en la medida que nos sometamos enteramente a El que seremos hechos, una vez por todas, justos -es decir: reos justificados, perdonados-, delante de Dios y recibiremos la capacidad de vivir una vida que sea agradable a sus ojos santos.  La única decisión que realmente cuenta es la que tiene en cuenta esta verdad. Podemos hacer que las personas se decidan como consecuencia de nuestros cánticos, o como fruto del encanto que nuestra personalidad ejerce sobre las masas. Pero, nuestra tarea no es hacer seguidores personales; nuestra labor no consiste simplemente en conseguir aumentar el número de participantes a nuestros cultos del domingo, u organizaciones, o iglesias. Nuestro trabajo es reconciliar a las almas con Dios. Repito, ninguna decisión es de valor, a menos que se base en la aceptación personal de esta verdad.

Edificación:

Mi segunda subdivisión en relación con este tema de la presentación del Evangelio tiene que ver con la obra de la edificación de los nuevos creyentes.  Tengo en mente la enseñanza que concierne a la santificación y la santidad. En ninguna otra parte el peligro de un método falso puede ser más evidente.

          Este peligro lo hallamos en el mismo NT. La iglesia primitiva tuvo que enfrentarse con problemas y peligros y hasta herejías incipientes. Había personas, por ejemplo, que decían: “Pequemos para que la gracia abunde”. Había los que decían que con tal que uno fuera cristiano no importaba mucho la clase de vida que llevara.  Con tal que uno tuviera las ideas correctas de la doctrina, lo que se hiciera con el cuerpo no revestía ninguna importancia, por consiguiente, uno podía pecar con su cuerpo tanto como quisiera. Esta perversión se conoce con el nombre de “Antinominianismo”. Por otro lado, estaba con los que se consideraban sin pecado.  Había aquellos que decían buscar un “conocimiento especial”, y pretendían alguna clase particular de experiencia esotérica de la cual otros cristianos inferiores no podían participar. La primera carta a los Corintios nos informa de algunos que se denominaban según el nombre de su predicador favorito: así algunos eran de Apolos, otros de Pablo, y otros de Cristo. En su carta a los Colosenses y en primera a Timoteo, el apóstol se enfrenta con otros que propugnaban algún tipo de ascetismo y prohibían a los discípulos casarse o comer carne. Si leemos la historia posterior de la Iglesia Cristiana encontraremos las mismas desviaciones que surgen, una y otra vez, en forma constante. Tomemos los ascetas, los ermitaños. Sus enseñanzas motivaron varios movimientos dentro de la iglesia cristiana. Eran personas sinceras, hastiadas de la corrupción del mundo. Comenzaron creyendo doctrinas verdaderas. Sin embargo, la mayoría de ellos llegaron a creer que únicamente retirándose del mundo uno podía llegar a ser un buen cristiano, cosa imposible de conseguir en cualquier otra vocación secular.  Así, terminaron abriéndose a las herejías y al error. Muchos de ellos se desviaron por un sin fin de caminos erróneos…

          Si me pidieran que resumiera todos estos peligros, les diría que todos ellos convergen en un mismo punto: el peligro de aislar un texto bíblico, una idea, y construir todo un edificio sistemático alrededor de él, en lugar de comparar Escritura con Escritura. Es la búsqueda del camino más corto y sencillo para alcanzar el mundo espiritual. Es el intento de llegar a la santidad de un salto y así evitarse todo el proceso complejo que describe el NT.  La manera de evitar este peligro radica en el estudio serio del Nuevo Testamento, especialmente las cartas apostólicas. Debemos rechazar de manera definitiva todo lo que no esté basado en la enseñanza de dichas epístolas. Hemos de proceder con cautela; no tomemos un algún incidente relatado en los evangelios y construyamos toda una teoría alrededor de él, cuando en realidad ese incidente seguramente no tiene nada que ver con el tema de la santidad y la santificación. Tenemos que darnos cuenta de que la norma para nosotros, Dios la ha dejado en las cartas de sus apóstoles.  Si vamos a las epístolas, creo que veremos muy claramente el principio establecido de que nuestra vida en Cristo no debe basarse sobre alguna experiencia repentina, sino más bien sobre la deducción lógica que se deriva de las verdades que hemos creído, que hemos aceptado, cuando abrazamos el Evangelio; es decir: al ser convertidos a Cristo. ¿Puedo hacer una recomendación importante? Aconsejaría a mis lectores que estudiaran una conjunción que aparece continuamente en las epístolas, la cual se traduce en nuestras versiones como: “pues”, “por lo tanto”, “por lo cual”, “así que”. Se trata de una expresión importante, muy valiosa. En primer lugar, el escritor sagrado explica la doctrina y, luego, dice: “por lo tanto” -en vista de lo que ha sido dicho- hagan esto o lo otro. Nuestra manera de vivir la vida cristiana debe ser una deducción de nuestra doctrina.

          ¿Y cuál es la doctrina? Repetidas veces aparece en las Escrituras. La razón por la cual debiéramos vivir una vida santa y santificada se fundamenta en el hecho de que decimos creer en Cristo, y Cristo es santo, y Dios el Padre – a quien Cristo nos conduce- es santo. Toda vez que esperamos la bienaventuranza de vivir eternamente con Dios, debemos en consecuencia anhelar la santidad, pues Dios es santo. Dicho de otra manera, el NT no nos invita a vivir una vida santa y santificada para que así podamos tener una existencia feliz en este mundo. Nos invita a ello porque Cristo se ofreció por nosotros en la Cruz, porque El derramó su preciosa sangre en el Calvario. El NT nos enseña que hemos ido redimidos de nuestros pecados por medio de la sangre de Cristo y, por tanto, no tenemos derecho a vivir una vida de pecado. No establece ningún abismo, ninguna separación, entre nuestro creer en Cristo como Salvador y nuestra aceptación de El cómo Señor; ambas cosas siempre van juntas.  La santificación de vida surge directamente de la doctrina de la muerte de Cristo en la Cruz. Nos enseña que hemos de creer en la gracia y en el conocimiento de Cristo (2 Pedro 3:18). Esto es lo que hallamos en cada carta del NT.  Se da una exhortación constante a los creyentes para que apliquen a sus vidas, para que los pongan en práctica, los principios que emanan consecuentemente de las verdades fundamentales que dicen creer y aceptar. La santificación sigue a la justificación como una secuela lógica; la aceptación de Cristo como Salvador se entiende igualmente como una aceptación de Cristo como Señor. No tenemos derecho a divorciar estas dos verdades inseparables.

          Resumiendo todo lo que he intentado decir, debo afirmar en primer lugar que si deseamos poder presentar el Evangelio y la verdad de una manera correcta y auténtica, hemos de leer las Escrituras en forma constante; debemos llegar a ser estudiantes aplicados y perseverantes de la Palabra de Dios. Además, hemos de leer todos los libros que nos ayuden a entenderla mejor y, sobre todo, los mejores comentarios bíblicos que podamos hallar. Debemos leer acerca de la Teología Bíblica, que es la explicación de las grandes doctrinas de la revelación y su desarrollo histórico dentro del marco de la Escritura; esto nos ayudará comprender la Biblia con mayor claridad y profundidad, lo cual a su vez se traducirá en una mejor habilidad para poder presentar con claridad las verdades a las almas que nos escuchan.

          La obra primordial del evangelista no consiste simplemente en dar nuestro testimonio de la experiencia personal que pudimos llegar a tener de la verdad del Evangelio. No consiste tampoco en hablar acerca de nuestra vida, o de la vida y las experiencias de los demás; nuestra tarea consiste en presentar la verdad de Dios de la manera más clara y simple posible. Y para conseguirlo es necesario el estudio constante de la Palabra, y de cuantas ayudas Dios mismo ha puesto a nuestro alcance para esta tarea gloriosa y suprema.

          Acaso alguien puede preguntarme: ¿Quién es capaz para todas estas cosas? ¡Tenemos tantas cosas que hacer! Somos personas muy ocupadas. ¿Cómo espera usted que hagamos todo lo que nos aconseja? Mi respuesta es que ninguno de nosotros es capaz para estas cosas. Nadie es suficiente, sino Dios quien nos otorga su suficiencia para realizarlas si, de veras, sentimos la necesidad imperiosa de servirle mejor y con eficiencia siempre creciente.

          Por otra parte, permítanme una confesión: a mí no me impresiona mucho el argumento de que están muy ocupados, y que tienen muchas cosas que hacer y que, por lo tanto, no tienen el tiempo disponible para leer todos los comentarios, los libros de Teología Sistemática, etc. Y no me impresiona por la siguiente razón que juzgo incontrovertible. Algunos de los mejores teólogos que he conocido – algunos de los hombres más santos de Dios que he tenido el privilegio de conocer-, tenían que trabajar mucho más duramente que la gran mayoría de nosotros. Y, al mismo tiempo, les eran negadas todas las ventajas del aplauso visible y de la visión de los frutos de su labor. “En donde hay voluntad, siempre hay un camino”, reza el refrán inglés. Si ustedes y yo estamos verdaderamente por el destino final de las almas perdidas -tan preocupados como solemos decir-, no vayamos entonces con la excusa de que no tenemos tiempo para equiparnos adecuadamente para esta gloriosa tarea, tenemos que buscar el tiempo necesario, tenemos que crearlo. Porque debemos prepararnos para la tarea evangelística debemos estar bien equipados, dándonos cuenta de cuán seria y terrible es la responsabilidad que conlleva esta tarea. Debemos trabajar, estudiar, aprender, y orar, para que podamos conocer la verdad con un grado siempre mayor de perfección. Debemos poner en práctica en nuestras propias vidas las palabras de Pablo en 1 Timoteo 4:12-16:

“Nadie tenga en poco tu juventud; pero sé ejemplo para los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en fe y en pureza. Entre tanto que voy ocúpate en la lectura, en la exhortación y en la enseñanza. No descuides el don que está en ti, que te ha sido dado por medio de profecía, con la imposición de las manos del concilio de ancianos. Dedícate a estas cosas; ocúpate en ellas para que tu progreso sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan”. (RVR 2015)

Que Dios nos conceda la gracia y el poder de hacerlo, para la gloria de su Santo Nombre.

 

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