Los secretos de la predicación efectiva

John Henry Jowett

Lo que no es predicar:

Me alegra pensar que, en el cumplimiento del deber que he asumido hoy, hay dos cosas que, incluso si las poseyera, estarían dolorosamente fuera de lugar. Esta no es ocasión para los artificios de una retórica inflada, ni nuestro tema da pie a las bromas.

            Cuando un grupo de hombres se reúne para considerar la aparente ineficacia de su predicación, la atmósfera adecuada para tales deliberaciones no se encuentra en las ligeras excitaciones de una reunión pública, sino en las profundas e imponentes solemnidades del culto público. Debemos abordar el gran tema con la actitud de suplicantes a tientas, y no con los pasos presuntuosos de críticos distantes. Veremos más si estamos de rodillas. Nuestra visión puede intensificarse con lágrimas de penitencia. Nuestras preguntas deben formularse con un espíritu de adoración ferviente. Nuestro autoexamen debe hacerse a la luz de su rostro. Debemos “Inquirir en su templo” (Sal. 27:4).

¿Qué es un predicador?

¿Qué es el predicador? Tras la palabra predicador en las Escrituras del Nuevo Testamento se esconden media docena de palabras originales, cada una con su propia sugerencia distintiva, cada una aportando su toque personal a la descripción del poderoso oficio. El predicador es un heraldo, un pregonero público, un hombre con una proclamación imperial, encargado de un mensaje que debe anunciarse desde los tejados con la urgencia de una orden soberana. El predicador es un evangelista, con un mensaje casi cantado, lleno de dulzura y luz; el discurso del pretendiente, cargado de ternura y brillante con la promesa de días felices. El predicador es un lógico, dedicado a razonamientos arduos, que busca reunir los pensamientos dispersos e incoherentes de los hombres y unirlos en una decisión espiritual firme y bien unida. El predicador es un conversador que a veces deja de lado la amplia función del ministro público y, descartando las formalidades de un discurso coherente y bien conectado, se involucra en un diálogo hogareño, en charlas informales con sus semejantes. Tal es el oficio multifacético que se esconde tras la compleja y sugestiva palabra predicador. Debemos tomar los significados esenciales de un heraldo real, un pretendiente tierno, un lógico eficaz y un amigo cercano, y en su rica combinación obtendremos una visión del predicador ideal del evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

¿Cuál es la función del predicador?

¿Cuál es la función del predicador? Repasemos un pasaje clásico de la Epístola a los Romanos: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Romanos 10:13-14). Invirtamos el orden de la secuencia. ¿Cómo se desarrolla entonces la procesión vital? ¡Predicar, oír, creer, llamar, salvar! ¿Cuáles son los términos extremos de la serie? Predicar, salvar. El objetivo final de toda predicación verdadera es la salvación de los hombres. ¿Salvación de qué? ¿Salvación del pecado? Sí. ¿Salvación del fuego del infierno? Sí. ¿Salvación de la enfermedad? Sí. ¿Del retraso moral y la inmadurez espiritual? Sí. ¿De todo crecimiento detenido en dirección a lo divino? Sí. El propósito arduo de toda predicación vital es sacar a los hombres de la esclavitud del pecado y del enanismo espiritual, y colocarlos en el aire fino y espacioso y en la luz de los hijos libres de Dios.

¿Es el pecado realmente tan malo?

1. Comencemos ahora nuestra indagación sobre la relativa ineficacia de nuestra predicación, y que el Espíritu Santo ilumine los secretos de nuestra vida. ¿Nos damos cuenta de los horrores de la esclavitud de la que buscamos liberar a los hombres? ¿Se ha vuelto común el pecado? ¿La familiaridad con el término ha hecho que deje de ser algo doloroso y un tumor que debe ser removido? ¿Ya no nos llena de un dolor punzante? ¿Ha perdido algo de su repugnancia y se ha aliviado nuestra repulsión? ¿Podemos ahora jugar con temores que aterrorizaban a nuestros padres? Estas preguntas ciertamente no son del todo irrelevantes, y pueden estar justificadas por muchas de las circunstancias en las que nos encontramos. En nuestro tiempo se está produciendo una cierta moderación en el lenguaje, que puede ser sabia o imprudente, pero que no deja de ser sugestiva. No nos gustan algunas de las palabras severas, directas y cortantes que nuestros padres usaban al describir el pecado. Así que, nos dedicamos a limar y suavizar las aristas, diluyendo su color, algo estridente y deslumbrante. No temo los cambios de fraseología si no indican una degeneración de la fuerza decisiva hacia un diletantismo remilgado. La palabra sustituida puede ser más culta y refinada, pero si su contenido es débil y empobrecido, entonces, el cambio es negativo.

            “Soy vil y lleno de pecado”. La palabra “vil” puede ofenderme, pero ¿cuál es la razón de la ofensa? Cuando veo la eliminación de la palabra “vil” y su sustitución por la palabra “débil”, temo la tendencia, porque parece sugerir una relajación en nuestras concepciones de la enormidad del pecado.

            “Un gusano culpable, pobre e indefenso, en tus brazos bondadosos caigo”. Puede que no me guste el término severo y humillante “gusano”, pero ¿cuál es la razón de mi disgusto? ¿Será que he adquirido una concepción menos estricta del pecado, y son estos términos gráficos demasiado atrevidos y severos? ¿Necesitamos una fraseología más suave porque nuestro enemigo es menos aterrador? ¿Es el anhelo de un refinamiento más exquisito la expresión de la cultura y el crecimiento espiritual, o es la evidencia de un entumecimiento parcial? La respuesta debe encontrarse en los rincones secretos de la vida individual.

            “Hay una fuente llena de sangre que brota de las venas de Emmanuel; y los pecadores, sumergidos en esa corriente, pierden todas sus manchas de culpa”, decía el viejo himno. Les digo francamente que no me gusta la figura que recorre la estrofa. Hay muchos a quienes les resulta casi ofensiva. Su elaboración crea casi repulsión. Pero, aunque me disgusta la figura, quiero que mi disgusto sea seguro e iluminado. Si elimino la fraseología específica, quiero conservar el tremendo sentido de pecado que la subyace. Si refino la palabra, no quiero embellecer el pecado. Si obtengo un vehículo más refinado, quiero que exprese la misma presencia horrible y repugnante. No codicio ninguna fraseología que le dé respetabilidad al pecado. Es posible obtener poesía más refinada a costa del poder de convicción. Podemos intensificar el brillo y la brillantez, y perder la luminosidad.

            El lenguaje refinado y diletante no nos dará satisfacción si estamos profundamente atrapados por un sentimiento de la amargura y la repugnancia del pecado. ¿Acaso ese sentimiento impregna nuestra predicación? ¿Impulsamos a la gente con la sensación de que estamos tratando con nimiedades o con atrocidades que ciegan y consecuencias eternas espantosas? Hay una palabra en el libro de Ezequiel que a menudo resuena en mi alma cuando preparo el mensaje para mi pueblo: «Y llamó al hombre vestido de lino, que tenía a su cintura el tintero de escribano; y el Señor le dijo: Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y pon una señal en la frente de los hombres que gimen y claman, a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella» (Ezequiel 9). «Pon una señal en todos los que gimen y claman» por el pecado de la ciudad. ¿En cuántas frentes nuestras pondría el hombre del tintero su marca? ¡Ese suspiro! Es un dolor secreto. Se expresa en suspiros involuntarios. Cada vez que el pensamiento del estado de nuestras ciudades cruza la mente, proyecta una sombra fría sobre el corazón. «Y cuando vio la ciudad, lloró sobre ella» (Lucas 19:41). «Y ese clamor». Moldeó y le dio sentido a las oraciones de Jesús. Se puede encontrar su profundo sentido del pecado del mundo en la naturaleza de sus súplicas.

            ¿Estamos, nosotros, tan abrumados y agobiados por los horrores del pecado? ¿Es el alimento de nuestras oraciones? ¿Es la carga de nuestros suspiros? ¿Acaso nos quita alguna hora de sueño? ¿O es el pecado algo común y corriente, apacible y tranquilo, con el que nos hemos familiarizado tanto que nunca nos sobresalta y nos causa dolor? Si el pecado se ha vuelto común, nuestra predicación se ha convertido en un juguete. Si no sentimos sus horrores, no oiremos el clarín del centinela que nos llama a levantarnos del sueño. No habrá urgencia en nuestro discurso, ni vehemencia, ni prisa imperiosa. Si menospreciamos la enfermedad, nos demoraremos en el camino al médico. Si no sentimos el calor de la presencia consumidora y destructora, no trabajaremos con celo inquebrantable para arrancar a nuestros semejantes como tizones del fuego. Si nuestra percepción del pecado es laxa, podemos encontrar en esa laxitud una de las causas de una predicación ineficaz.

¿Tenemos compasión por el pecador?

2. ¿Poseemos un espíritu de compasión sensible? No me sorprende que, al enumerar las gracias de una vida santificada, Pedro le dé prioridad a la compasión. «Revestíos de compasión» (1 Pedro 3:8). Es parte esencial de todo verdadero predicador del evangelio de Cristo, y es una parte de nuestro equipo que puede destruirse con mayor facilidad y peligro. Uno de los mayores peligros del ministerio cristiano es que estemos en peligro continuo e inminente de perder el poder y sensibilidad de nuestra compasión.

            Cuando ingresé al ministerio cristiano, me preguntaba si mi fe, aún incipiente, soportaría las continuas revelaciones de sufrimiento, tristeza, duelo y muerte. ¿Acaso mi compasión sensible generaría dudas dolorosas y fomentaría la rebelión espiritual? Pero ahora el problema ha cambiado por completo. La pregunta clave no es si mi fe puede persistir a través de las continuas manifestaciones de las experiencias más oscuras de la vida, sino si mi fe puede mantenerse viva mediante una familiaridad serena y tranquila con ellas. Debemos familiarizarnos con experiencias cuyas visitas infrecuentes traen bendición y una influencia reconfortante a los demás. Lo que crea la época de lluvias en otras vidas, puede llegar a ser nuestra sequía. Un contacto infrecuente con el dolor puede enriquecer la compasión; la familiaridad constante con él tiende a secarlas.

            En mis primeros años de ministerio, mi corazón se derretía en cada funeral que tenía que presidir. No podía leer el servicio fúnebre sin llorar. Quizás sea parte del misericordioso ministerio de Dios que, con el paso de los años esta carga se alivie, pero no quiero tal alivio si significa perder la compasión sensible. Prefiero las lágrimas, el habla entrecortada y un cuerpo cansado y agotado dos o tres veces por semana, que familiarizarme con el dolor que me aleja de los corazones dolidos y afligidos de mis semejantes. Si nuestra compasión falla, nuestra fuerza desaparece. Si no sentimos compasión por nuestros semejantes, nunca podremos ser sus guías.

            «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, nada soy» (1 Corintios 13:1). Si pierdo la compasión, pierdo la visión. La compasión es la madre del discernimiento; cuanto más sutil es la compasión, más exquisito es el discernimiento. «Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre» (Lucas 15:20). Esa es la clase de visión que, como predicador, anhelo: la compasión fina y sensible que puede discernir los primeros y débiles impulsos en el corazón de un hermano cuando apenas se inclina hacia lo divino. Antes de que el movimiento divino en su alma se exprese en palabras, antes siquiera de que se registre en su rostro, es más, cuando el rostro indica más una rebelión severa que una rendición incipiente, cuando el hombre aún está «lejos», quiero sentir el despertar remoto por el poder de una compasión exquisita.

            Si los hombres pueden sentir que conocemos sus respiraciones y que nos conmovemos con los movimientos más profundos y secretos de sus espíritus, nos permitirán ser sus guías y amigos. Pero si nuestra compasión se seca, nuestro pueblo conocerá nuestro entumecimiento, y nuestra predicación caerá como una lluvia de grava dura en lugar de como una lluvia suave y refrescante. Si nuestra familiaridad con la sombra ha empobrecido nuestra compasión, renovemos la corriente. «En su amor y en su compasión los redimió» (Isaías 63:9). Una intimidad reverente con el Señor nos librará de la influencia endurecedora de la incesante familiaridad con el dolor. Él «descenderá como la lluvia» (Salmo 72:6). Él «abrirá ríos en las alturas, y fuentes en medio de los valles» (Isaías 41:18). «El desierto se convertirá en estanque, y la tierra seca en manantiales de aguas». Si hemos perdido nuestra sensible simpatía, podemos encontrar en esa pérdida alguna explicación de nuestra predicación ineficaz.

El tono atractivo:

3. ¿Está presente el tono de atracción e invitación en nuestra predicación? Si no comprendemos los horrores de la esclavitud pecaminosa, ni nos solidarizamos con los atados, las tiernas notas del amante y del pretendiente estarán ausentes de nuestro discurso. ¿Es nuestra predicación demasiado severa? ¿No hay demasiado que resuma el sabor del tribunal y muy poco que resuma el encanto del hogar? «Del trono salían relámpagos y truenos» (Apocalipsis 4:5). Sí; pero del trono también salía «un río limpio de agua de vida, resplandeciente como el cristal» (Apocalipsis 22:1), las suaves, tiernas, sanadoras y sustentadoras influencias de la gracia. Creo que en nuestra enseñanza y predicación, muchas veces los truenos y relámpagos tienden a ser más visibles que el río resplandeciente y lleno de gracia.

            Queremos más ternura en nuestras palabras, tonos de amor y de anhelo sensible. Queremos menos regaños y más súplicas, menos presiones y más persuasión. «Fuérzalos a entrar» (Lucas 14:23). Me alegra que la palabra, algo áspera, haya sido eliminada de la Versión Revisada, y que en su lugar tengamos la suave y bienvenida palabra «implícito». «Oblígalos a entrar». ¡Atrápalos para el reino!

            Regresa a tus días de seducción; piensa en todos los pequeños recursos —todos legítimos— empleados para conquistar el afecto de la persona que amabas. Piensa también en las pequeñas muestras de cariño, en todos los abundantes servicios de bondad prestados, cuando incluso la respuesta vacilante parecía ser un rechazo. ¡Cómo multiplicaste tus atenciones y alimentaste el despertar lleno de gracia! Todo gran predicador es un “seductor”. Si recurrimos a las Escrituras del Antiguo Testamento, podríamos esperar que el tono seductor estuviera ausente. Amós es severo al hablar, severo en sus exclamaciones, multiplicando sus denuncias; sin embargo, se observa que incluso el severo y atronador Amós a veces deja de lado su atronador y comienza a cortejar. Y en cuanto a Oseas, él es el pretendiente de principio a fin. Vayan a Isaías, y al final del capítulo, donde abundan las denuncias y los ayes, encontrarán que lo deja todo a un lado y comienza con: «Consolad, consolad a mi pueblo» (Isaías 40:1). Isaías llego a ser un gran pretendiente.

            Necesitamos aprender a cortejar a nuestra gente. «Jesús, amado de mi alma». ¡Predicador, amado del alma humana! Hablemos con un poco más de ternura. Dejemos de lado el trueno y pongamos la restricción, y donde el trueno ha fallado, el amante pueda triunfar. No solo en las Escrituras del Antiguo Testamento, sino en toda la Biblia, encontrarán este tono seductor y constrictor. Estoy completamente seguro de que ha estado demasiado ausente en mi ministerio. Hace meses decidí que debería haber más del tierno amor en mis discursos desde el púlpito, más del tono seductor del apóstol Pablo, más de la gentileza y la tierna restricción de mi Señor.

El énfasis del Nuevo Testamento:

4. Permítanme hacer otra pregunta. ¿Acaso nuestra enseñanza y predicación tienen el énfasis del Nuevo Testamento? ¿Creen que debería priorizarlo? No quiero priorizarlo, y les diré por qué. No quiero darle un énfasis excesivo, para no parecer sospechoso de mis hermanos. No creo que estén lejos de las grandes verdades cardinales de la fe cristiana. Creo que están muy cerca del centro y se aferran a lo que consideran las realidades primordiales de nuestra religión. Pero aunque estemos de acuerdo en ello en nuestra propia práctica, no hay nada de malo en volver a enfatizar nuestra creencia y práctica. Dondequiera que en las Escrituras el predicador tenga que proclamar un deber grande e imperativo, este siempre encuentra su raíz muy cerca de la cruz.

            Cuando el apóstol Pablo proclama lo que parece ser un deber común, se remonta a las raíces, directamente al Calvario. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25). Y si habla de comer carne, proclama su mandato desde la cruz: «No destruyas con tu comida a aquel por quien Cristo murió» (Romanos 14:15). Cuando proclama un deber, lo vincula a la Crucifixión, al Cristo crucificado. Implica todos sus deberes con el poder del Evangelio del Cristo crucificado. Todas sus herramientas tienen un mismo mango.

            No conozco nada más ineficaz y provocador que tener una barrena (herramienta manual para hacer agujeros) sin mango. No se puede clavar un punzón (lezna para hacer agujeros pequeños) sin mango, ni se puede clavar una barrena en la madera sin mango; y no se puede imponer un deber, no se puede punzar la conciencia humana hasta lo más profundo, a menos que se cumpla con el deber como lo cumplió Pablo, y se lo haga comprender por el poder de Cristo crucificado. Por lo tanto, planteo la pregunta inquisitiva: ¿Hemos puesto ese énfasis en nuestra enseñanza y lo hacemos claro y evidente? Cuando proclamamos un deber, ¿es la dinámica igual de manifiesta? Cuando presentamos un ideal, ¿son los recursos igual de conspicuos? ¿Conectamos todos nuestros imperativos con el poder del Evangelio de Cristo?

¿Disfrutamos predicando?

            Una pregunta más, y ya termino. Hermanos en el ministerio, ¿apreciamos nuestro mensaje? ¿Parece que nos deleitamos en él? No hay nada que ayude tanto a una buena comida como sentarse con alguien que disfruta de buen apetito. Y no hay nada más atractivo para la gente, cuando deseamos mostrarles la gracia del Señor, que dejarles ver que nos deleitamos en la comida.

            Bienaventurado el hombre que se deleita en la ley del Señor (Salmo 1). ¿Y por qué es bienaventurado? Porque su deleite es contagioso, su entusiasmo es inspirador. Cuando vemos a un hombre rebosante de entusiasmo y deleitándose en Dios, nosotros mismos empezamos a sentirnos libres. El entusiasmo de un ministro se contagiará entre su pueblo. «Dulce es tu palabra». Cuando la decimos, ¿damos la impresión de saberla? «Dulce es tu palabra». ¿Proclamamos la sentencia con semblante amargo? «Dulce será mi meditación en él» (Salmo 104:34). Cuando nuestra gente vea que nos deleitamos en el banquete, querrán sentarse a la misma mesa. Odia el pecado, ama a los pecadores.

            En conclusión, sometámonos a un riguroso interrogatorio. ¿Odio todo pecado? “El temor del Señor es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13). ¿Siento que el pecado es repugnante? ¿Poseo una tierna sensibilidad que puede discernir hasta las más sutiles conmociones en el corazón de mi pueblo y que me revela sus inclinaciones mucho antes de que se manifiesten? Y, Señor Jesús, ¿he sido un pretendiente, un amante, y hay algunos en tu reino porque fueron seducidos a él por la tierna persuasión de mi vida y palabras? ¿He vinculado la proclamación de deberes con el amor del Calvario? ¿Ha tenido mi enseñanza la perspectiva y la proporción del Nuevo Testamento, y he demostrado deleite en mi propio mensaje? ¡Que el buen Señor nos conceda que podamos dar una respuesta afirmativa a todas estas grandes preguntas!

© 2026 Dr. Jorge Oscar Sánchez | Instituto de Liderazgo Cristiano